Rosencratz y Guildenstern están muertos y de eso al final no cabe duda. Pero sólo murieron cuando cayeron en cuenta de su muerte. Mientras no lo sabían estaban tan vivos como usted o como yo, como Nicanor Parra que aún no se nos va, o como Shakespeare que vive en el corazòn de su gente.
Lo cierto es que existieron mientras ignoraban su inexistencia, mientras pululaban en el castillo de Hamlet como traidos por un sueño y convencidos que era un sueño también lo que los rodeaba. Eran probablemente los únicos seres reales en un mundo poblado de personajes que a su vez eran actores interpretando otros personajes. Su propia incertidumbre los hacía reales, a diferencia del resto a quienes su propia certeza los hacía personajes.
Hasta que apareció alguien más real que ellos a despertarlos y junto con ellos algo en nosotros también despertó. Los acontecimientos se precipitaron, los seres antes reales volvieron a ser personajes, su historia fue la suya, la nuestra volvió a ser la nuestra y el sueño finalmente se acabó.
No queda más que cerrar el telón, aplaudir, apagar el televisor y levantarse del sillón. Creo que queda otra cerveza en el refrigerador.
Con esta pildorita roja doy por inaugurado un blog que no pretende otra cosa que ir a la deriva en ese mar de ideas subconcientes, que se navega más fácilmente a la hora de los sueños. En mi caso es aproximadamente como a las cuatro de la mañana, porque me gusta esa hora para pulular física y mentalmente por este mundo de personajes.
rro
viernes, 13 de abril de 2007
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